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EL ARTE DE SABER QUÉ HACER

Uncategorized Apr 24, 2021

¿Te cuesta tomar decisiones?

Es impresionante lo que consigue la confusión... Casi que paraliza!  

La toma de decisiones es uno de los procesos más complicados a los que nos enfrentamos los seres humanos y casi nunca se toma como un proceso a transitar.

Más bien pretendemos que fluya.

Pero si hay algo que verdaderamente no fluye, es DECIDIR.

 

Cuando la toma de decisiones se convierte en un proceso, desde el inicio sabemos que el resultado no será inmediato.

Claramente, no estoy hablando de que decidas que vas a comer hoy (aunque muchas veces esto también sea una decisión complicada -hasta estando en un restaurant y con un menú delante-).

Me refiero más al tipo de decisiones que afectan tu trabajo o tu negocio.

La dificultad en tomar decisiones bloquea la acción.

Y sin acciones, no hay progreso.

Y sin progreso, no hay éxito.

 

Uno de los comentarios más frecuentes a los que me enfrento cuando estoy en consultoría individual con mis clientes es esta famosa frase: “no sé qué hacer”.

Algunas veces habría que traducirla y decir: “no sé cómo hacerlo” pero la gran mayoría de las veces, lo que bloquea la acción es la falta de claridad sobre QUÉ es lo que hay que decidir.

 

El problema es que mientras no decides, la vida y los negocios siguen sucediendo y terminan convirtiéndose en eso que pasa a nuestro lado mientras nosotros nos estamos ocupando de otra cosa.

¿Tienes idea de cuántas oportunidades pierdes cuando no sabes qué hacer?

¿Te has dado cuenta que el “no saber qué hacer” nubla tu mente y entorpece también otras áreas de tu vida?

Y es que cuando la mente está absorbida por pensamientos constantes no deja lugar para más.  Se agota en sí misma, baja la energía y afecta a todo lo demás.  

El pensamiento recurrente es nuestro peor aliado y uno de los inhibidores de productividad más importantes.

 

Muchas veces la falta de decisión se debe a que imaginamos que lo que tenemos que hacer tiene que estar perfecto y mientras tanto, no se hace nada.

¿Qué hacer entonces cuando cuesta decidir?

Fragmentar el proceso es un buen comienzo!

Generalmente en un proceso de decisión necesitamos evaluar varios aspectos:

- Qué hacer

- Cuándo hacerlo

- Cómo hacerlo

- con Quién voy a contar y con quién no,

- Qué  impacto va a tener la decisión que tome (en otros y en uno mismo)

- y por sobre todo, si el RESULTADO va a ser el que espero.

Si!!!  El resultado es clave! 

Porque cuando estás frenado por una decisión es porque hay algo en ti que ya piensa en el resultado, o lo intuye, o aún peor.... sabes cuál es el resultado que deseas pero no sabes si eres capaz de conseguirlo.

Esto es lo que hace que procrastines tu decisión.

 

¿A qué me refiero con fragmentar el proceso de decisión?

Empieza por definir los distintos aspectos que tendrás que considerar (primeras acciones a tomar, personas involucradas en esta etapa, etc.)... Pero empieza!

Empieza por hacer algo... 

La parálisis es el peor de los caminos.

Es el atajo hacia la procrastinación.

Aunque sea poco lo que empieces a hacer, hazlo!  Ponte en movimiento!

Aunque no sea lo ideal, hazlo.

Aunque no cuentes con toda la gente que necesitas en ese momento, arriésgate y hazlo.

Aunque sepas de antemano que el resultado no será el que deseas, ya podrás ir mejorándolo a medida que avanzas, por eso, hazlo igual.

Siempre es mejor “hecho que perfecto!”

Cuando empiezas a hacer, el resto del proceso de decisión se pone en movimiento, el engranaje funciona y se hace la luz!

Sí, la luz!!! Porque lo que entorpece todo proceso de decisión es la falta de claridad.

A medida que avances en hacerte las preguntas necesarias, verás como se despeja el camino de tus dudas.

Un primer paso, una primera acción en este proceso te hará ver aspectos que durante el bloqueo no eras capaz de identificar.

Haz que fluya! 

No es el afuera lo que no nos deja decidir... No es la situación  complicada, no es que no estés rodeado de la gente correcta, no es que tengas muchas opciones.

La toma de decisiones es un proceso individual que empieza en el momento en que te pones en movimiento y dejas de lado el MIEDO A EQUIVOCARTE.

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